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Pueblos alfareros

Mapa de distribución de los pueblos alfareros de Oaxaca

“¿A qué nos referimos cuando hablamos de un pueblo alfarero? Por un lado, se trata de lugares prósperos como Atzompa, Coyotepec o Yojuela, donde la economía de la comunidad se basa en la producción de cerámica. En el otro extremo, las cosas comienzan a desmoronarse. En muchas de las comunidades (…) puede haber sólo 12 alfareros en un pueblo de mil habitantes, o a veces sólo cinco o incluso hasta un alma solitaria, la última en una línea de quienes quizá fueron docenas. Sin embargo, gracias a ella y a alfareras como ella, persiste la tradición. Si un pueblo tiene una tradición alfarera arraigada y ahí aún existen alfareros que han heredado este oficio, entonces lo llamo pueblo alfarero.

Setenta pueblos alfareros, repartidos en más de 64 300 kilómetros cuadrados (Oaxaca) y siglos de historia no escrita. Nadie sabe cuántos existieron ni cómo desaparecieron. ¿Acaso algunos pueblos alfareros cayeron en el olvido a medida que los antiguos reinos comenzaron a decaer y derrumbarse hace 1 500 años? Es más que probable que los alfareros que hicieron las obras maestras de ornato que hoy vemos en los museos, hayan perdido las comisiones que les encomendaba la realeza. Pero, con o sin reino, se necesitaban utensilios de cocina y, aunque los arqueólogos tienen un apetito mayor por las tumbas que por cocinas domésticas comunes, hay suficiente evidencia de que los alfareros continuaron ejerciendo su oficio.

Luego llegó la conquista española. Las poblaciones fueron reubicadas, se reprimieron con violencia muchas costumbres y se impusieron nuevas creencias. Hasta 95 por ciento de la población del continente americano pereció, principalmente por enfermedades, durante el primer siglo posterior al contacto. Claramente se perdieron tradiciones alfareras. Pero lo sorprendente es que la alfarería tradicional, junto con una gran diversidad de lenguas y costumbres indígenas, sobrevivieron a la devastación.

Los pueblos alfareros evolucionaron en respuesta a la necesidad básica de vasijas para el hogar. En una sociedad dedicada por completo a la agricultura, los agricultores dependían de unos cuantos artesanos con habilidades excepcionales. Durante el florecimiento de la especialización, ciertas familias, vecinos y pueblos enteros empezaron a adquirir maestría en la producción de artículos estupendos. Rodeada de colinas ricas en barro, la gente de San Marcos Tlapazola aprendió a aprovechar la abundancia que proveía la naturaleza. Sin embargo, el proceso estaba lejos de ser automático. Por alguna misteriosa razón, sus vecinos de Quialana y Magdalena, que vivían en las mismas pendientes, ignoraron el barro que tenían a sus pies. Ya sea por elección o la voluntad de los dioses, San Marcos se convirtió en el lugar donde se hizo cerámica para el valle de Tlacolula. Y así ocurrió con todas las comunidades que crecieron para producir la cerámica requerida por la gente de su región.

Los pueblos alfareros no son pueblos-fábrica. La mayoría son pequeños caseríos que dependen del cultivo del maíz. Los alfareros trabajan en sus casas. El proceso creativo suele ser solitario. Paradójicamente, aunque el trabajo se realiza de manera individual, el resultado es colectivo. Salvo unas pocas excepciones, todos los alfareros de un pueblo crean cerámica idéntica. De una casa a otra, forman, acaban y queman sus ollas de la misma manera.

Esta empresa colectiva quizá haya comenzado el primer día que alguien empezó a trabajar con barro, tras lo cual su hermana decidió intentarlo y después se lo enseñó a su madre, quien a su vez lo compartió con una tía. Es cierto que ha habido épocas de experimentación intensa cuando los alfareros individuales desarrollaron nuevos estilos o adaptaron su trabajo a las nuevas técnicas, materiales o la cambiante demanda del mercado regional. Los pueblos son pequeños y muy cohesionados, y cuando a una persona se le ocurre una nueva idea, ésta se convierte en un notable progreso para otra. Estas innovaciones se difunden con rapidez dentro de un pueblito. Sin embargo, rara vez llegan hasta los pueblos alfareros lejanos, y así surgen los estilos regionales.

Rara vez no significa nunca. Hubo, y aún hay, una dinámica red comercial que une los pueblos del centro de México y de más allá. La cerámica y los alfareros que la produjeron forman parte de esta compleja red. Inevitablemente, han habido ocasiones en que las ideas se comparten por medio del comercio, el matrimonio entre personas de diferentes pueblos o la migración. No es difícil imaginar a dos alfareros de distintos pueblos sentados frente a un trozo de barro para empezar a trabajar, comparar y contrastar los métodos de cada quién. Sin duda se reirían de las diferencias —y de seguro, cada uno consideraría que su modo de trabajar es muy superior— pero también pondrían mucha atención. De una u otra manera, a lo largo de los siglos, las ideas pasaron de un pueblo alfarero a otro, unas veces aceptadas y otras rechazadas, y como resultado podemos ver el uso difundido de técnicas similares dentro de ciertas regiones, incluso traspasando barreras culturales.

Aunque ciertas técnicas han sido adoptadas de manera amplia, no ocurre lo mismo con el estilo. Por ejemplo, en la región costera de Oaxaca hay 14 pueblos alfareros repartidos en un territorio de 200 kilómetros. Todos usan la misma técnica —la cerámica en molde— pero el aspecto exterior de las piezas es único en cada pueblo. Ese aspecto es la identidad de la olla y, por extensión, es una parte de la identidad de la alfarera. El primer factor, y el más importante, es que la alfarera junto con su olla, su lenguaje y su identidad estén arraigadas a su pueblo. Ella se tardaría más en adoptar la identidad de otra comunidad que en ofrecer la propia. Un pueblo es un clan, con vínculos tan estrechos como el del apellido.

Aunque ciertas técnicas han sido adoptadas de manera amplia, no ocurre lo mismo con el estilo. Por ejemplo, en la región costera de Oaxaca hay 14 pueblos alfareros repartidos en un territorio de 200 kilómetros. Todos usan la misma técnica —la cerámica en molde— pero el aspecto exterior de las piezas es único en cada pueblo. Ese aspecto es la identidad de la olla y, por extensión, es una parte de la identidad de la alfarera. El primer factor, y el más importante, es que la alfarera junto con su olla, su lenguaje y su identidad estén arraigadas a su pueblo.”

Extracto del libro Barro y Fuego. El Arte de la Alfarería en Oaxaca. escrito por Eric Mindling y editado por Innovando la Tradición.