La vuelta a las raíces se expresó en las diferentes acciones que emprendimos en COMALA, la Comunidad Alfarera de Aprendizaje, que en 2024 alcanzó ya su sexto capítulo.
A lo largo del año realizamos visitas a algunas de las comunidades rurales de donde son originarios varios miembros. Estas visitas fueron especialmente enriquecedoras para todås lås participantes: las familias nos recibieron con gran generosidad y abundancia; convivimos, nos divertimos, nos fortalecimos como grupo y aprendimos juntås un montonal de cosas.
Cada una de estas visitas, en las que lås mismås artesanås fueron lås anfitrionås y facilitadorås, se prepararon previa y cuidadosamente de manera colaborativa a través de conversaciones que permitieron explorar lo que para cada quién era importante mostrar de su oficio y su territorio.
No fue la primera vez que llevamos a cabo sesiones fuera de la ciudad, pero sí fue la primera vez que dotamos esta experiencia de un carácter marcadamente itinerante, moviéndonos como comunidad de pueblo en pueblo e instalando nuestro “campamento comala” en cada lugar.
Al recorrer caminos y tomar conciencia del territorio en toda su diversidad, este —el territorio— se convirtió en el tema central que exploramos colectivamente. Para ello, nos tomamos el tiempo para observarlo detenidamente, compartimos historias y leyendas, caminamos por sus veredas de cactus, sus arroyos áridos y sus bosques, registramos lo observado dibujando con lápices y papel a varias manos, y finalmente tradujimos nuestras percepciones al barro.
Los resultados fueron tan gratificantes como el mismo proceso: obtuvimos bellas piezas que conceptualizamos como “hogares para plantas”. Logramos una mayor conciencia sobre la importancia de la defensa del territorio como casa, como espacio donde transcurren nuestras vidas, como entorno conectado en un viaje de ida y vuelta con nuestra cotidianidad y nuestro día a día. Getse Zato, una de las coordinadoras, reflexionando sobre este capítulo, comenta:
En el futuro, sueño con que nuestra comunidad siga siendo un espacio donde la tradición y la innovación coexistan de manera armónica. Imagino un lugar donde las historias de cada unå se entrelacen para formar una narrativa colectiva que inspire a otrås. Me gustaría que continuáramos siendo un referente de aprendizaje colaborativo, resilientes ante los cambios y profundamente conectadås con nuestras raíces. Aspiro a que nuestra comunidad no solo cree piezas de barro, sino que también moldee un entorno donde la creatividad, el respeto y el cuidado mutuo sean el centro de todo lo que hacemos.
IXTLÁN DE JUÁREZ, OAXACA.
En Ixtlán de Juárez, en la Sierra Norte de Oaxaca, visitamos el taller de Rodolfo Pérez y su familia, quienes nos recibieron con gran calidez y generosidad.
Rodolfo nos platicó su historia en la alfarería, sus aprendizajes a lo largo del tiempo, así como las herramientas y las técnicas innovadoras que ha ido incorporando a su oficio, incluido su nuevo horno, Esperanza, construido colectivamente con miembros de COMALA.
A través de una serie de dinámicas, nos invitó a agudizar todos los sentidos: nos pidió caminar con los ojos cerrados apreciando cada paso y cada huella. También nos invitó a tocar la montaña con las manos y a evocarla desde la memoria.
En una alegre peregrinación, subimos al cerro para conocer la mina tradicional de donde se extrae el barro. Nos acompañaron lås niñås de la comunidad quienes cada sábado hacen distintas excursiones con un entusiasta promotor de las caminatas.
También iniciamos una práctica de dibujo experimental que nos acompañó a lo largo de todo el año: los Diarios del Territorio. Se trata de retratar colectivamente los territorios que visitamos. Cada participante nombró algo del entorno que le llamó la atención, otra persona lo dibujó en una hoja blanca, que después pasó de mano en mano, cada persona añadiendo algo.
Bueno… todo eso, acompañado de deliciosos y abundantes tamales, atole y sopa de camarón.
Ya entrada la noche, hicimos una hermosa fogata. Alrededor de ella, compartimos pláticas, anécdotas y risas. A la hora de dormir, nos apretujamos, dándonos calorcito, con cobijas, encima de petates.
Para cerrar con broche de oro, al día siguiente fuimos a visitar a la maestra Amelia Aquino (1927-2025) —mentora de Rodolfo y última alfarera tradicional de su pueblo— a su casa. ¡Qué honor y alegría fue estar junto con esta leyenda de la alfarería oaxaqueña!
RÍO BLANCO TONALTEPEC, OAXACA.
En Río Blanco, una pequeña localidad en la Mixteca Alta, visitamos a la maestra Demetria Cruz y su familia, quienes habían trabajado arduamente para recibirnos en su casa-taller.
La maestra nos platicó de su historia personal, de todo lo que significa vivir en un lugar como Río Blanco. También nos mostró su proceso de quema en un horno tradicional de piedra y en uno experimental de tabique, y las técnicas que usa para trabajar el barro, desde el amasado y la tinta hasta el horno de piedra. Tras escucharla, se abrió un espacio muy fructífero de intercambio de experiencias, ubicando diferencias y similitudes en los modos de hacer alfarería de cada quien.
Otra vez observamos, sentimos y dibujamos de manera colectiva el territorio, y conversamos sobre lo que significa para cada unå de nosotrås. Luego, inspiradås en un texto de la medioambientalista Joanna Macy, escribimos cartas colectivas a la Madre Tierra. Fue un ejercicio de agradecimiento que nos permitió reconocer lo que nos une a ella.
De madrugada, tras pernoctar de forma muy cómoda en tiendas de campaña, emprendimos una caminata cerro abajo para conocer el lugar de donde extraen el barro. Ahí, en la mina, entre cerros y árboles, leímos nuestras cartas en voz alta, a modo de ritual colectivo de pedimento. Un momento bien emotivo.
De regreso a casa de la maestra Demetria realizamos un pequeño tequio en su huerto para retribuirle por la generosa hospitalidad, que estuvo además colmada de delicioso chileatole, cafecito y tortillas de trigo tradicionales de la región.

LOS REYES METZONTLA, PUEBLA.
La maestra Dina Vera y su familia nos recibieron en su casa en Reyes de Metzontla, una comunidad enclavada en la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán.
Recién llegadås del largo viaje de ida, realizamos a modo de bienvenida una primera caminata en ese imponente paisaje de cactus milenarios. Aprovechamos para hacer algunos estiramientos para distender el cuerpo y reír, antes de instalarnos a dormir en petates, cobijas y tiendas de campaña.
Temprano en la mañana Francisco, esposo de Dina, nos llevó a la cima de un cerro para conocer la tierra con que se elabora el color rojo característico de sus piezas. Esta vez no pudimos llegar al yacimiento, pues su acceso ha quedado cerrado (impidiendo así la entrada a lås alfarerås del pueblo) desde que el área fue privatizada en favor de una empresa minera para la extracción de hierro. Eso nos llevó a reflexionar sobre las transformaciones impulsadas por el mercado en el entorno natural, en las tradiciones y, más específicamente, a nivel de los precios, las formas y los usos de la alfarería.
De regreso a la casa, Dina y su esposo Francisco nos compartieron con gran generosidad los secretos para lograr ese bruñido tan distintivo de la alfarería de la zona, permitiéndonos poner en práctica la técnica con sus herramientas.
También presenciamos una quema que el padre de Dina, don Isaí, realizó, realizó en su horno y participamos en el proceso de aplicación de la cera. Fue emocionante ver cómo empezaba a relucir el barro, al pulirlas. Silvia Medina, mamá de Dina, nos relató mitos y leyendas fundacionales en los que aparecía incluso un tiburón de cuatro ojos. A partir de estas historias y de la observación, retomamos el ejercicio Diarios del Territorio, ahora recortando cartulina y creando colectivamente paisajes que luego utilizamos de referencia para levantar piezas de barro. Para ello, seguimos la guía de las seis categorías creativas que habíamos ensayado en la sesión anterior.